Parece una película pero no lo es.
Al sobrino de N. le fallan los frenos de la moto y muere debajo de un camión. Queda ahí tirado. Solo. a la espera de la policía científica, los forenses o quién sabe todos los que deben pasar por el lugar para verificar los hechos.
Alguien toma el celular del difunto. Llama a los amigos. Llama al trabajo. Llama a los familiares. Llama a la madre, que vive en Corrientes. Sin compasión, sin escrúpulos, ese alguien anuncia esta muerte estúpida y tantea el panorama.
El sobrino sigue tirado ahí, en la calle. Es como si se hubieran olvidado de él.
Dos señores de traje oscuro se aparecen en la casa del sobrino muerto. El tío los recibe sorprendido. No entiende lo que está pasando. Los señores informan el suceso y se ofrecen a solucionarlo todo. Todo. Abren y cierran una carpeta. El tiempo se apresura y se detiene. Dicen que hay que traer a la madre, que ellos eran conocidos del difunto, que pueden encargarse del juicio, de los trámites, del cuerpo, de todo. Abren la carpeta. Cierran la carpeta. Necesitan que se les firme un poder. El asunto tiene un precio. Abren la carpeta. El cuerpo del sobrino sigue tirado en el suelo. Para que la familia pueda recibir algún dinero hace falta que intervenga alguien como ellos. Cierran la carpeta. Un poder es suficiente. Abren la carpeta. Las informaciones que brindan los dos hombres son difusas. La tía les pregunta cómo se llaman. Cierran la carpeta. Los señores tienen nombre y tienen traje. Pero carecen de apellido. El tiempo corre. Abren la carpeta, hacen girar la lapicera. El cuerpo sigue muerto en el medio de la calle. La familia piensa y piensa. ¿De dónde conocía el sobrino a estos dos tipos? Los datos son inciertos. El tiempo vuela. La familia duda. Los señores cierran la carpeta. La vida gira como un trompo y el tiempo se detiene en el poder de la carpeta. La familia dice que lo va a pensar. Los señores prometen que volverán mañana. El cuerpo del sobrino se enfría lentamente en el asfalto. Está muerto. Y está solo.
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