30/10/09
En primer lugar, deseo agradecer a mi buena amiga, Ana Lávaque, que se ocupó de este asunto con voluntad y con cariño, trató de protegernos y de aconsejarnos y estuvo con nosotros en todo momento.
También quiero dar las gracias al Sr. Fernández Madero y a Fernanda, quienes demostraron don de gente y procuraron ayudarnos de alguna forma.
Felicito al Dr. P por su gestión y lo compadezco, pues supongo que el estar obligado a amparar a un criminal no debe ser algo fácil de llevar sobre los hombros. Imagino que todo aquel que estudió abogacía lo hizo con el ideal de defender el bien.
He pasado la vida entera tratando de encontrarle el lado bueno a las cosas. En estos últimos ocho años no me ha sido fácil. Es cierto que esto le produjo un inmenso perjuicio económico a mi familia. Es cierto que todos nuestros sueños estuvieron atrapados y a la espera durante todos estos años. Es cierto que mi hija pasó la mayor parte de su existencia renegando de los tramposos.
Sin embargo, creo que hoy, con la firma de estos papeles y con el pago de estos dineros injustamente solicitados, mi familia y yo recuperamos la libertad. Y podemos hacerlo porque nos acompañan las alas de la verdad. Nosotros sabemos (todos los aquí presentes también lo saben) que el Sr. D obró con mala intención. Nosotros sabemos (tenemos una decena de testigos) que el Sr. D vendió la exclusividad del jardín a propósito, para obtener un beneficio mayor. Nosotros sabemos que intentamos de varias formas llegar a un acuerdo con el Sr. D.
Tal como la jueza expresó en su sentencia, nosotros cometimos el error de no mirar bien todos los papeles. Es cierto. Cometimos el error de creer que dos inmobiliarias y un banco (que nos iba a extender un crédito) serían garantía suficiente. Está claro que no es así. Está claro que hoy en día es necesario vivir acompañados de estos guardaespaldas de la “justicia” que son los abogados.
Si algo me enseñaron estos años infelices es que nunca más me voy a meter en asuntos legales. Aprendí que la ley es un compendio de palabras huecas, sin sentido. Aprendí que la ley es una abstracción en minúscula. Aprendí que no necesito ningún despacho lujoso, ningún juez emérito, ningún abogado con experiencia para conocer cuál es la verdad o para saber dónde encuentro el bien.
Estoy convencida de que, a pesar de todo, la firma de estas escrituras nos otorga a mi familia y a mí una llave para salir a la luz. Esta misma rúbrica, al Sr. D le da una llave para encerrarse. La mentira es una prisión muy estrecha.
Elizabeth Bengtsson
viernes, 30 de octubre de 2009
Carta
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